Separación
Recuerdo que al terminar yo, el sexto año de escuela, en casa se compró el televisor. Blanco y negro , por supuesto, gran armatoste, que requería una mesita exclusivamente para él y en un estante que había debajo, se colocaba un transformador. Como la mesita era de metal, y el transformador daba corriente, también había una inducción o molestia tipo patadita que daba la mesita. Pero prácticamente, ésta no se movía nunca de su sitio, a pesar de tener rueditas. En ese estante, también se colocaban los programas, que solían venir con los diarios, para saber qué darían cada día.
La decisión de comprar esa TV fue tomada por mis padres en armonía; pero pocos meses después, mi madre se instaló en un cuartito pegado al mío y en vez de comer todos juntos al mediodía, en la mesa del comedor, mamá se sentaba en una mesita de la cocina y comía sola en silencio. Así pasaron unos meses hasta que no pude más ver a la Mama solita ahí; me partía el alma, (como me la rompe ahora este triste recuerdo) y un día me armé de valor y pregunté a mi padre si podía ir a acompañar a mamá en la cocina. Me dijo “si, claro…”. Y me mudé para siempre a la cocina.
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